Los “piratas”
- PD Press
- 10 may 2024
- 2 Min. de lectura
Por: Valentina Muñoz
Son las 7:40 am, me estoy subiendo en un carro que parece haber sido estrellado por una tractomula. Le falta un vidrio, sus llantas están bajitas y el parachoques me da la sensación de que fue pegado con colbón. Al menos tengo un buen asiento, es el “puesto de la moza” — como lo apodan coloquialmente—, tengo vista al retrovisor y me siento afortunada pues hoy no alcancé a maquillarme y puedo hacerlo durante el recorrido. Tan solo pasan 10 minutos y logro percatarme de que este intento de bus casi choca con una moto. Un frío recorre mi cuerpo, pero el madrazo que propina este motociclista me hace recuperar la tranquilidad, al parecer se encuentra bien. Por el contrario, son los demás pasajeros que entre gritos y murmullos expresan su inconformismo ante tal imprudencia. El conductor del bus parece que no se inmutó por lo sucedido, ni por nada en general. Tiene aproximadamente 20 años y me pregunto ¿Cómo terminó siendo un pirata?, no quiero juzgarlo, pero siento la necesidad de guardar mi celular, su gorra rota y volteada; su camisa blanca tirando a gris amarillento, sus zapatillas Jordan Retro, y la forma en la que me está mirando no me permiten sentirme cómoda.
7:55 am. Vamos por La Avenida Cali y escucho un ruido característico de la popularidad Bogotana, son chiflidos agudos que provienen de otro pirata, este va para El Santa Fe. El tiempo que llevo utilizando este pseudo transporte me ha hecho dar cuenta que entre los buses con destino a Porvenir y los que van a Santa Fe, hay recelo y competencia. Los chiflidos pronto toman contexto, gracias a los insultos que los acompañan. “Pirobo y gonorrea” son los más característicos.
Entonces veo cómo “pirobo 1”, decide poner el pie en el acelerador con todas las fuerzas que su lánguida pierna le permite. El viento de la ventana pone todo el cabello sobre mi cara y solo puedo ver que como “pirobo 2”, avanza más que nosotros y se jacta estirando su mano para hacerle pistola a su contrincante.
Gracias a Dios hay un semáforo en rojo, ambos paran y hacen lo que parece ser un reto de miradas. Ahí termina su competencia, pues nosotros ya vamos hacia otra dirección.
Son las 8 y por fin llego a la Universidad, generalmente se demoran 30 minutos; esta vez llegamos en 15. El pirata me pregunta mi nombre y mi horario de salida, para recogerme. Que escenario tan surreal, pienso. Ahora, para él me llamo Stephanie y salgo todos los martes a las 3.
Muy buena crónica. Me gustó mucho. Recuerda buscar una imagen que te permita acompañar el texto. Sigue explorando este género; se te da bien.




Comentarios