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A propósito de escribir ornitorrincos y ganar premios suecos

  • Foto del escritor: PD Press
    PD Press
  • 24 abr 2024
  • 1 Min. de lectura

Por: Karen Ibáñez


Tomada de: Comunidad Baratz

El ornitorrinco sale de la cantina tambaleando por su borrachera. Y aunque no lo crean, por el pico no entró vodka, mucho menos vino, su popular canto que pronuncia en tropezones, es del anís.


El mundo contemporáneo solo es posible de ver, a través de los anteojos de quien es capaz de dibujar tales seres míticos, los acontecimientos son interpretados, pero los traductores expertos son los únicos capaces de convertirlos en crónicas y huevos. 


Algunos puristas infortunios, seguidos por leyendas de canela dorada se encargan de excavar en la tumba de la ficción, no encuentran un vestigio de oro, tampoco de periodismo, sus únicos hallazgos son relojes gastados. La ficción sale del horno; y es vendida como pan hirviendo. 


No es coincidencia que los libros más comprados en el mundo sean novelas, algunas venden tanto que recogen fondos para comprar tiquete al concierto de la eternidad. Pocos son los acontecimientos que, contados en formatos clásicos, logran escuchar tales melodías. Los periodistas más inteligentes prefieren embriagarse de la aleta de un ornitorrinco; festejar y tambalearse entre la confusión de quienes asumen sus relatos como ficciones concretas. Son ellos, quienes entonan tales conciertos y reciben premios suecos.


 La soledad de América Latina fue inscrita como la columna de opinión, que en forma de discurso, repartió licor de anís y convirtió al ornitorrinco en un ser divino. La noticia del secuestro de Maruja Pachón, aunque lo parezca, no está regida por el realismo mágico y, aun así, confundió a más de un incrédulo. En las barbas ocultas Miguel Littín contó a un Chile repleto de ladrillos, pero solo fue el del bigote blanco quien en las letras consiguió colorear el cemento manchado y repartirlo en letras sombrías. 


La participación en el concierto de la eternidad implica el estudio de las borracheras. Ojalá las facultades de periodismo entendieran que al igual que piensa Juan Villoro, la tumba de la ficción no es el oficio. Y qué en el país más alegre del mundo; donde gobierna la diferencia, el cóndor debe ser reemplazado por extraños, ojalá por seres monstruosos que al igual que el doctor Víctor Frankenstein, construyan con partes de retazos oxidados. No puedo caer en el juego de la hipocresía de los tradicionalistas, admirar y vanagloriar a aquellos escritores, sin tratar por lo menos de soñar. A trazos vagos y torcidos, dibujo este ornitorrinco, las aletas son de opinión; el cuerpo de realidad, y las letras de magia. Eso sí, bajo el efecto de la embriaguez. 

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